21 de febrero de 2012

**Quien espera, desespera**

 



Últimamente nos da la impresión de que nuestra vida va cada día más rápido y pareciera que necesitamos tener una multiprogramación como los ordenadores para poder hacer todas las cosas a la misma vez. Vivimos apurados, la velocidad de la información, las comunicaciones, el trabajo, los acontecimientos en pleno desarrollo y las exigencias del entorno que nos rodea le van imprimiendo a nuestras vidas un carácter de inmediatez, y esto nos hace ser exigentes con nosotros mismos y con los que nos rodean.

En el trabajo la frase "esto es para ayer" es cada vez más frecuente. El tráfico cotidiano es otro factor que contribuye al apremio, así como la dinámica familiar.

Formamos parte de un mundo impaciente, estresado, ansioso, tenso. La única forma de sobrevivirlo literalmente es siendo pacientes, si no el medio ambiente nos lapidará, así de simple, porque la impaciencia, el estrés, la ansiedad y las preocupaciones son asesinos silenciosos que acaban con la salud mental y física.

Paciencia significa la capacidad de soportar algo sin alterarse, la capacidad de hacer cosas minuciosas, la facultad de esperar algo que se desea mucho y, también, significa tolerancia.

La paciencia es un don que se puede cultivar y que nos permitirá vivir en mayor paz y armonía con nosotros mismos. No se trata de que tengamos que ser lentos en hacer las cosas, más bien hacerlas sin prisa pero sin pausa o con el tiempo necesario.

La fábula de la liebre y la tortuga es muy ilustrativa. La libre retó a la tortuga a una carrera pensando que tenía todas las posibilidades de ganar por su velocidad; la tortuga acepta y sin pausa comienza la carrera, la liebre confiada, decide dormir hacia la mitad del camino. Cuando despertó encontró que a pesar de su velocidad la tortuga había sido la ganadora. Todo tiene su tiempo y su ritmo y, como dice el dicho, no amanece antes porque te levantes más temprano.

No debemos dejarnos llevar por las situaciones, reflexionemos, planifiquemos lo que vamos a hacer y obremos, a la par de que contemplamos y disfrutamos de la vida. También es importante que empecemos y finalicemos las tareas que nos proponemos y no las dejemos a medias.

Pero, ¿hasta cuándo tenemos que “ser pacientes”? Hasta el momento en el que demos cuenta de que “ser pacientes” no es la manera de obrar apropiada; otro límite se encuentra en el momento en el que sintamos que la situación nos hace daño o nos afecta emocionalmente. En esos momentos debemos hacer valer nuestros derechos y hacerlo asertivamente. Se puede ser paciente y tolerante sin dejar de ser firmes. Entonces debemos ver, y a veces esperar, el mejor momento para actuar, de acuerdo a una estrategia, equilibrados, y con la ventaja de la reflexión a nuestro favor y, sobre todo, obrar con una buena dosis de paciencia.


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Esperar es una prueba,
es tendencia a madurar,
comprender que lo que esperas,
puede hacerse realidad.

Esperar es una fuerza,
saber que el tiempo ha de pasar,
entendiendo que las cosas,
vienen cuando han de llegar.

Esperar es mirar el mundo,
percibir que todo tiene un ritmo,
es fortalecer el alma,
no perderte en el abismo.

Esperar, es no perder lo encontrado,
ahí está, pero no has de poseerlo,
hasta que el tiempo indique lo contrario,
cuando madures y lo asumas con anhelo.

Esperar, es saber que lo que deseas,
es más fuerte que el impulso cotidiano,
descubrir la importancia del objeto,
y la calma, que te lleva a disfrutarlo.

Esperar es segura complacencia
es saber que cuando llegue lo esperado,
disfrutarás la alegría de aquella espera,
y vivirás a plenitud con lo logrado.


Pablo Cerda
 

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